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29.03.2020 Artículos

Los luchadores contra el franquismo, la militancia por los derechos humanos y una pandemia a gran escala.

El fallecimiento de Chato Galante como análisis de lo que la muerte deja en la militancia por la “memoria, verdad, justicia y reparación”. Por Agustina Zeitlin

Los luchadores contra el franquismo, la militancia por los derechos humanos y una pandemia a gran escala. querella argentina

Como si de una película de ficción estuviéramos hablando, la pandemia del COVIT-19 está siendo la causante de un gran revuelo a escala mundial. Lo que jamás el capitalismo hubiera esperado ni lo que los anti-capitalistas hubieran logrado estaría sucediendo: se cancelaron las reuniones, se pausaron países enteros, las manifestaciones no aparecen en las calles, la militancia virtualiza sus demandas tras el llamado a la gente a permanecer en sus casas, cerrar comercios y reducir las ventas a lo indispensable. La prensa, de todo tipo, hizo eco de los estragos de la pandemia, la cantidad de muertes totales, por día, por semana, por país, por edad, por procedencia. No existen muertes justas o injustas, tan solo víctimas, esta vez el victimario es inimputable. El desconsuelo es inmenso y la mayoría de personas aguardan mirando por la ventana a no ser encontradas por la enfermedad, mientras que determinados profesionales son impulsados a arriesgar todo y revalorizar su lugar en la sociedad, ahora sí, los indispensables.

La vida cobra un sentido imperante, no solo para la propia persona al ver tan próxima la posibilidad de la muerte, sino para el propio sistema, para el propio capitalismo, para el propio Estado. El discurso de la mayoría de los países aboga por privilegiar la salud de sus ciudadanos antes que generar una crisis financiera por el colapso de la economía local. Pero es que, sin la salud y la supervivencia de la población productiva el colapso sería mucho mayor. Ante esta paradoja, no queda más que interrogarse si la salud forma parte de una preocupación real del Estado o es, sin embargo, la economía la que prevalece por sobre todos los intereses. Los discursos morales son los mejores aliados en tiempos de crisis, al fin y al cabo, es lo que queremos escuchar, alguien que nos diga que nos va a cuidar y proteger, es volver al paternalismo de que alguien estará para salvarnos, mientras que ese alguien solo busca mantener con vida a su mejor aliado, el sistema capitalista. ¿O acaso la pandemia vino a ofrecernos nuevos modelos económicos, de consumo, mercado, etc.?

Ante este panorama de lucha por la supervivencia de la población, la idea de Nación se refortalece, la patria cobra sentido a través del eslogan de una lucha conjunta donde, para salvarnos, debemos estar unidos. Y no, nadie quiere morir, por lo que las diferencias entre ciudadanos parecen acortarse porque, por primera vez, para vivir uno tiene que vivir el otro. Hay muertes lloradas en silencio, cuerpos sin abrazos, familias incompletas, números cada vez más grandes, lugares cada vez más vacios, cementerios cada vez más llenos. Jamás hubiéramos imaginado tantos cuerpos juntos desde que volvió la democracia a España.
España es un cementerio, ahora más que nunca. Si algo el franquismo no pudo lograr es callar las voces de aquellos que luchaban inalcanzablemente por sus valores, por su vida, por sus derechos. Sin embargo, El COVIT-19 no discrimina, hace estragos y no da segundas oportunidades. A quienes forman parte de la militancia por los derechos humanos, el dolor es otro pero suena conocido. La pandemia vuelve más visible que nunca estructuras de lo social por como la muerte se aborda.

Hoy murió José María Galante Serrano (Chato Galante) por contraer el virus COVIT-19. Chato fue ex preso político del franquismo, sobrevivió a las torturas y al terror de la dictadura e integró La Comuna de Madrid como activista anti-franquista. Formó parte de la Querella Argentina 4591/2010 contra los crímenes del franquismo y viajó de un lado al otro del océano reivindicando la causa y tejiendo lazos de militancia, entre otras muchas cosas de su larga biografía. Hacer la militancia en un proceso jurídico requirió la traducción de historias familiares en discursos políticos y testimonios jurídicos, del aprendizaje de un nuevo lenguaje y politizar las emociones, convertir sus experiencias en pruebas, construir lazos de reciprocidad con otros colectivos de víctimas, tejer redes interpersonales con profesionales de los derechos humanos y adquirir herramientas que en su activismo le permitieran establecerse como portavoz oficial de víctimas del franquismo. La consigna promulgada e institucionalizada por los movimientos de derechos humanos nacionales e internacionales “memoria, verdad, justicia y reparación” se convirtió en bandera y eslogan de las acciones que desempeñaban querellantes y militantes de la Causa. Esto le permitía ser reconocido y entendido en diversos contextos más allá de las fronteras delimitadas por La Querella, adscribirse a un movimiento social y político amplio que concentra múltiples causas particulares y a la vez lograba generar adscripción a través de valores morales compartidos. Dicha consigna se convirtió en el nexo común a pesar de sus diferencias internas.
La muerte de Chato golpeó a todo un colectivo, no solo local sino transnacional. Su foto, su historia y su lucha ahora atraviesa fronteras a través de la tecnología burlando las restricciones preventivas de circulación por el virus. Chato ahora viaja más que antes y es parte de la historia como referente de un amplio movimiento político. Su muerte reafirma ideales, revaloriza las causas y fortalece vínculos. La muerte trae al recuerdo, escribe historias, difunde verdades, reivindica valores, une personas, genera espacios y conmemora héroes. Mediante la instauración de la memoria, no solo se pretende la inculcación de una serie de valores, en este caso, además, que permiten la ruptura de discursos hegemónicos sobre la dictadura franquista y su impunidad, sino que también se logra la transcendencia del plano físico-material de las personas que cada uno reivindica. En cada uno de los actos de narrar se disputa la muerte como una injusticia y se recupera la vida dentro de un campo simbólico espiritual de aquellos que murieron, desafiando la temporalidad y los espacios.
Como indica Pita en su trabajo Formas de morir y formas de vivir. El activismo contra la violencia policial, “A través de los muertos los vivos protestan y reclaman; sus muertos funcionan como demarcadores morales y son también generadores de nuevos actores sociales.” (2010: 17). Por lo que Chato escapó de ser un número más entre todos los muertos de una Pandemia para convertirse en referente político y moral, su muerte nos encontró militando en nuevas redes, marcó la urgencia de La Querella, su partida no paraliza, motoriza a militantes y presiona a la justicia. Para el Estado y el capitalismo quizás Chato no suponga un recurso humano productivo relevante, para la monarquía española quizás su muerte sea un falso alivió, porque para vivir necesitamos sociedades más justas, no más ricas, con menos dolor y más igualdad, con más memoria y con la solidaridad que Chato producía en cada uno de sus actos y que dejó en cada uno de nosotros.
Si bien no es posible culpar de la muerte de Chato al Estado, sí es posible recordar que 45 años tras la muerte de Franco son bastantes para alguien que espera justicia, que 10 años desde la instauración de la Querella Argentina son muchas oportunidades y de que el silencio, las barreras y la impunidad hacen al Estado español culpable de que se fuera sin justicia y de que el sufrimiento esté durando tanto.

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